Por: El Redactor Espiritual

No hay tarea más difícil en el ministerio pastoral que predicar en el funeral de un joven. Cuando la muerte arrebata a un adolescente, un niño o un adulto joven, el orden natural de la vida se rompe. Los padres no deberían enterrar a sus hijos; los sueños no deberían truncarse tan pronto; el silencio en una habitación que solía estar llena de risas juveniles es, quizás, el sonido más desgarrador del mundo.

Amigos, hoy nuestro corazón está en un puño. No venimos a fingir normalidad. Venimos a buscar a Aquel que es más fuerte que la muerte.

El predicador debe pedir con anterioridad anécdotas breves de la familia: una sonrisa característica, un acto de bondad inesperado, una pasión (deportes, música, arte). Al mencionar estos detalles, el sermón deja de ser abstracto y se vuelve íntimo.